El tren se retrasaba, al igual que nosotros. Los tres corríamos por el andén de la estación deseando que no se nos hubiera fastidiado el viaje. Era una pequeña excursión de dos días, una huída de la realidad para disfrutar. Yo esperaba que no te incomodase que viniera con él, al fin y al cabo, éramos amigos; los tres. Subimos al tren justo a tiempo y nos sentamos en los primeros sitios que vimos. Tú frente a mí, él a mi lado y yo junto a los dos. Al poco tiempo de arrancar sacaste tu cámara y empezaste a hacer fotos, te encantaba tener grabado todos y cada uno de los momentos que pasábamos juntos. Nos enfocabas a nosotros, mientras él me besaba en el cuello y hacía caras. Yo salía sonriendo hacia la cámara, aunque a veces te miraba y tú me mirabas.
El trayecto duró un poco más de lo previsto, pero llegamos a plena luz de día. Entramos al hostal, teníamos reservada una habitación con dos camas. Ya en la habitación, él me empujó para apresurarse y coger la cama más cómoda. Se tumbó, cansado y cerró los ojos. Tú y yo volvimos a mirarnos y yo me encerré en el baño durante un par de minutos. Cuando salí, los dos estabais preparados para salir.
El valle era precioso, nuestros seis ojos brillaban con el reflejo de la gran cantidad de agua que se extendía ante nosotros. Él me agarró e hizo el intento de asustarme fingiendo que me lanzaba por el acantilado. Rió fuertemente, pero yo me asusté, al igual que tú. Comimos entre los árboles, charlamos y jugamos al parchís. Cuando oscureció todos supimos que era hora de volver al hostal y acostarnos.
Dormí con él, en su cama y entre sus brazos. Tú estabas tumbado, con la ropa puesta y con los ojos abiertos. Yo también tenía los ojos abiertos, no me sentía cómoda mientras él me abrazaba. Los dos dormimos poco y, al día siguiente, volvimos a salir.
Ésta vez era un enorme bosque, plagado de árboles milenarios que formaban círculos y, dentro de éstos, cuevas ensombrecidas. Él corrió a meterse en una de ellas, mientras tú y yo nos quedamos solos por primera vez. Me acerqué, te acercaste, posé mi mano en tu pecho y tú me mirabas serio. Los dos lo sentíamos, yo notaba el ritmo acelerado de tu corazón y tú notabas mi mirada ausente. Pero eso duró poco, pues él volvió a aparecer y nos llevó dentro de una de las cuevas. Me sentí interrumpida, no era él la persona con la que me apetecía estar.
Ahora, después de varios meses, estoy corriendo hacia la cafetería donde sé que puedo encontrarte. Me asomo por el cristal y te veo, con tu cámara en la mano, observando detalladamente las fotos de ese fin de semana. Entro pausadamente y me acerco a la mesa. Tú te levantas, me miras, nos miramos y me abrazas.
Me abrazas, me amas, y yo te amo a ti.
El trayecto duró un poco más de lo previsto, pero llegamos a plena luz de día. Entramos al hostal, teníamos reservada una habitación con dos camas. Ya en la habitación, él me empujó para apresurarse y coger la cama más cómoda. Se tumbó, cansado y cerró los ojos. Tú y yo volvimos a mirarnos y yo me encerré en el baño durante un par de minutos. Cuando salí, los dos estabais preparados para salir.
El valle era precioso, nuestros seis ojos brillaban con el reflejo de la gran cantidad de agua que se extendía ante nosotros. Él me agarró e hizo el intento de asustarme fingiendo que me lanzaba por el acantilado. Rió fuertemente, pero yo me asusté, al igual que tú. Comimos entre los árboles, charlamos y jugamos al parchís. Cuando oscureció todos supimos que era hora de volver al hostal y acostarnos.
Dormí con él, en su cama y entre sus brazos. Tú estabas tumbado, con la ropa puesta y con los ojos abiertos. Yo también tenía los ojos abiertos, no me sentía cómoda mientras él me abrazaba. Los dos dormimos poco y, al día siguiente, volvimos a salir.
Ésta vez era un enorme bosque, plagado de árboles milenarios que formaban círculos y, dentro de éstos, cuevas ensombrecidas. Él corrió a meterse en una de ellas, mientras tú y yo nos quedamos solos por primera vez. Me acerqué, te acercaste, posé mi mano en tu pecho y tú me mirabas serio. Los dos lo sentíamos, yo notaba el ritmo acelerado de tu corazón y tú notabas mi mirada ausente. Pero eso duró poco, pues él volvió a aparecer y nos llevó dentro de una de las cuevas. Me sentí interrumpida, no era él la persona con la que me apetecía estar.
Ahora, después de varios meses, estoy corriendo hacia la cafetería donde sé que puedo encontrarte. Me asomo por el cristal y te veo, con tu cámara en la mano, observando detalladamente las fotos de ese fin de semana. Entro pausadamente y me acerco a la mesa. Tú te levantas, me miras, nos miramos y me abrazas.
Me abrazas, me amas, y yo te amo a ti.


0 comentarios:
Publicar un comentario