Hoy alguien me indució a hacer novillos y, con todo el esfuerzo del mundo, me negué. Me negué porque sabía inconscientemente que hoy iba a ser una clase productiva. No diré si lo fue hasta que pueda soltar todo lo que ha pasado.
Llegué a las 15h, me encontré con mis compañeros y entramos juntos. Según el horario (Dios mío... ¡Cuándo vamos a acostumbrarnos!), las primeras tres horas daríamos Lenguaje Audiovisual. Es una asignatura sencilla, con mucha lógica y, además, con muchísimo sentido del humor. Por suerte o por desgracia, hoy no he tenido la oportunidad de reírme y, si lo he hecho, ha sido por no llorar. Hablábamos del pacto ficcional y de la ruptura de éste y nuestra profesora (también tutora, afortunadamente), escogió unos ejemplos sobre un mismo tema para enseñarnos. Nos ha comunicado que el tema sería "El Holocausto" y que sentía mucho fastidiar el buen humor al que a esa hora estamos acostumbrados. Todos entendimos que, seguramente, nada de lo que pudiéramos ver durante la próxima hora nos iba a defraudar, así que todos accedimos a su propuesta.
Como primer ejemplo, nos puso un fragmento de un documental llamado "Schoah", que significa catástrofe en hebreo. Un documental vacío de música y color, pero lleno de emoción y realismo. Los personajes entrevistados eran supervivientes de un campo de concentración en Polonia. Increíble, no tengo palabras para resumir el fragmento de ese documental. El director de éste ni siquiera usó palabras como "campo de concentración", "muerte", "judío" o "nazi". Simplemente miraba a sus entrevistados a los ojos y les preguntaba "¿En este bosque se caza?" -obviamente es una pregunta que no tiene nada que ver con el tema del documental- y el entrevistado simplemente respondía, a su tiempo y naturalmente sincero: "Sí, aquí se cazan todo tipo de animales. Por aquel entonces estaba lleno de minas y, cuando explotaban, nos escondíamos. Nunca sabías si habían volado un ciervo, o a un judío". Casi lloro cuando oí esas palabras. Otro de los entrevistados se negó a hablar de ello, pero sonreía todo el tiempo. "¿Por qué sonríe?" preguntó Lanzmann (el director del documental). "Porque estoy vivo", respondió el entrevistado. Sinceramente, era imposible romper el pacto ficcional con ese documental. Duraba 9 horas, de las cuales nosotros sólo vimos 15 minutos. Estaba claro, el director había sido tan astuto y tan consecuente que, hubiendo podido editar, modificar y manipular todo el contenido que había grabado, no lo hizo. Cada suspiro, cada pausa, cada lágrima está incluida en las 9 horas de documental. Schoah, de nuevo, una palabra escalofríante.
El siguiente ejemplo que Marta, la profesora, nos pasó, fue el de la película "La Lista de Schindler" de Steven Spielberg (no leáis más si no la habéis visto, saltad al próximo párrafo). Yo no la había visto, aunque todo el mundo que lo sabe ya me ha repetido varias veces que la vea cuanto antes, y no me defraudó para nada. Vimos un pequeño fragmento y el pacto ficcional fue exhausto. La típica escena de la pequeña con el abrigo rojo -que destaca sobre todos los demás judíos porque la película es en blanco y negro y su abrigo rojo es visible en color- que corre por la calle sin rumbo, llegando a una casa y escondiéndose debajo la cama para ser afusilada poco tiempo después. Dije que no me defraudó, aunque Marta tenía razón: "Si os fijáis, cuando sabemos de antemano que es ficción, no nos afecta tanto ver como afusilan a centenares de judíos a la vez". Corto, pero intenso, sin duda.
El próximos ejemplo me iba a gustar. Cuando vi en la pantalla del proyector de clase el nombre del vídeo ya se dibujó una sonrisa fácil en mi cara. "La vida es Bella" de Roberto Benigni. Hace poco que volví a verla después de 6 o 7 años y... ¿Qué decir? Ya sabía la escena que pondría, el minuto exacto. "Las normas del juego" pensé y, efectivamente. No voy a contar nada de la escena, no voy a destrozar una película que, si no habéis visto, estáis cometiendo uno de los grandes errores de ésta vida.
El último ejemplo fue el más impactante. Tampoco voy a entrar en detalles porque fue realmente espeluznante. Nunca antes se me había erizado el vello del cuerpo como lo ha hecho durante los 30 minutos de documental. El título era "Noche y Niebla", y tampoco voy a contar por qué. Simplemente, si queréis verlo, lo véis. Es muy duro y, antes de verlo, Marta nos advirtió: "El que quiera puede salir y no verlo, no es mi intención herir ni molestar a nadie. Pero os advierto que es un documental duro, las imágenes que vais a ver seguramente os marcarán de por vida. Cierto es que, si alguien de vosotros tiene una pizca, aunque sea sólo un poco, de ideología fascista, debería verlo, porque saldrá pensando que no tiene sentido apoyar esa aberración. Y si no, es que tiene un problema muy gordo." Lo vimos, todos y cada uno de nosotros, lo sentimos, hasta lo lloramos un poco. Una gran experiencia, sí, pero mis ojos han descubierto el pánico, el sufrimiento y el odio de la manera más pura posible.
Después de la media hora de descanso, que dedicamos a comentar la clase anterior, nos tocó Sonido. Sonido suele ser una clase teórica, física (y no por el esfuerzo, si no porque lo que damos es física pura) y, no aburrida, pero sí monótona. Pero hoy, Orió (nuestro profesor), nos ha sorprendido. Nos llevó al locutorio de Radio de la escuela y nos empezó a explicar para qué servían todos y cada uno de los botones de la tabla de mezclas. Después, como era de esperar, escogió un voluntario para que fuera a la pecera (la pequeña sala insonorizada desde donde se locuta) para que oyéramos todos en directo cómo se oía. ¿Adivináis? Sí, me escogió a mi y, no sé porque lo sabía -hoy estoy de un adivino que no me lo creo ni yo-. Efectivamente, me metí en la pecera, Orió cerró la puerta y me dejó allí. Al otro lado, todos mis compañeros me miraban detenidamente. Orió empezó a tocar botoncitos y a explicar y, entonces, me dio paso para hablar a libre albedrío. Pero eso no fue lo mejor. Lo mejor fue el momento en el que, de golpe, hablé y oí mi voz como la de un pitufo. Esa voz que a todos nos hace tantísima gracia, en ese momento era yo; el bufón. Me saltó la risa, no pude parar de reír, y veía a los demás al otro lado como reían y... En fin, fue una carcajada colectiva que duró casi toda la clase.
¿Conclusión? Cuando he llegado a casa no me he arrepentido de nada de haberme negado a hacer novillos. Ha sido una clase productiva, sí, la más productiva hasta el momento.